jueves, septiembre 20, 2007

Lo van a picar




Juan Luis Guerra
Las avispas

Tengo un Dios admirado en los cielos y el amor de su
Espíritu Santo
por su gracia yo soy hombre nuevo

y de gozo se llena mi canto.

De su imagen soy un reflejo oh, oh.. que me lleva
por siempre en victoria oh, oh..
y me ha hecho cabeza
y no cola
en mi Cristo yo todo lo puedo.


Eh, Jesús me dijo que me riera si el enemigo
me tienta en la carrera
y también me dijo
no te mortifiques
que yo le envío mis avispas
pa´que lo piquen
es verdad.


Tengo un Dios admirado en los cielos
que me libra de mal y temores
es mi roca
y mi gran fortaleza

y me colma con sus bendiciones.

Mi Señor siempre me hace justicia oh, oh..
y me defiende de los opresores oh, oh..

no me deja ni me desampara pues mi Dios es Señor de Señores.

Eh, Jesús me dijo que me riera si el enemigo
me tienta en la carrera
y también me dijo
no te mortifiques
que yo le envío mis avispas
pa´que lo piquen
es verdad.


Jesús me dijo ya lo ves que me riera si el
enemigo
me tienta en la carrera y también
me dijo no te mortifiques
tú lo ves que
yo le envío
mis avispas pa´que lo piquen ¡oh, oye!


¡Avispas!
Pa´que lo piquen en la cara, ves pa´que lo piquen
y en los pies
que yo le envío mis avispas

pa´que lo piquen lo piquen otra vez.

Pa´que lo piquen en la carretera pa´que lo piquen
y en medio de la acera

que yo le envío mis avispas pa´que lo piquen sí..

Que lo piquen, que lo piquen lo piquen y lo piquen
que lo piquen en el dedo más chiquito pa´que afinque

lo piquen, lo piquen
lo piquen y lo piquen que lo piquen
en el coco pa que salte como un lince

lo piquen, lo piquen lo piquen y lo piquen.

Señor.. lo piquen, lo piquen lo piquen y lo piquen
que lo piquen en la cara pa´que no me mortifique.

El coleccionista de insultos

Cerca de Tokio vivía un viejo gran Samuray, muy sabio y maestro de budismo, con fama de ser invencible en peleas.

Cierto día un gran guerrero lo retó a un duelo. Este nunca había perdido una batalla tampoco, por eso todos lo conocían como altivo, altanero, prepotente, fanfarrón y además también se creía ser el dueño de todas las verdades.

Este joven guerrero era famoso por su falta de escrúpulos, tosquedad, egolatría y por usar la técnica de la provocación: esperaba que el adversario hiciera su primer movimiento y gracias a su inteligencia especialmente dedicada para captar los errores ajenos, se valía de estos para atacar implacablemente hasta ver a su víctima arrastrada y humillada pidiéndole perdón.

El samuray aceptó el duelo. Fueron todos a la plaza donde el joven empezó a provocar al sabio.

Le arrojó piedras, le escupió la cara y le gritó todos los insultos conocidos habidos y por haber, ofendiendo incluso a los ancestros del sabio.

Durante varias horas hizo todo lo posible para sacarlo de sus casillas, pero el sabio permaneció impasible.
Al final de la tarde el joven guerrero ya exhausto de no poder provocarlo, se retiró de la plaza arrastrándose del cansancio, con una gran impotencia.

Se sentía más débil y miserable que nunca, había desperdiciado toda su energía vital en su inútil intento de humillar al sabio.

Los alumnos del sabio samuray, decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, le preguntaron:

-¿Cómo ha podido soportar tanta indignación?
-¿Porqué no usó su espada para defenderse de los ataques?
- ¿Por qué se mostró como un cobarde ante nosotros?

El viejo samuray repuso:
-Si alguien viene a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿A quién pertenece el regalo?

-Por supuesto, a quien intentó regalarlo- respondieron sus discípulos.

-Pues lo mismo vale para los insultos, las ofensas, la falta de tacto y de respeto, así como con los comentarios injustos. Cuando no son aceptados, esos malos sentimientos continúan perteneciendo a quien los emite.

Toda esa energía vital empleada con la intención de ofender o dañar, se queda depositada en el agresor, actuando en ella en la misma forma que actúa el veneno que se toma la persona que quiere poner fin a su vida.

Sin darse cuenta se está matando a sí misma, ha desperdiciado su energía en su inútil intento ofensivo que se le revierte. Si no se muere con su propio veneno, por lo emnos se le afectará su salud, sobre todo su paz y su mente.

Ninguna persona que pretenda agredirnos nos hará sentir mal, si no se lo permitimos. Es cada persona quien decide como sentirse ante lo que ve o escucha.


Paulo Coelho

lunes, septiembre 17, 2007

Carbón / Diamante

Un diamante es un trozo de carbón
que se aferró a su trabajo y triunfó bajo presión.


Nuestra oración diaria debe ser: «Señor, dame la determinación y tenacidad de la mala hierba». Se ha dicho que un gran roble es sólo una pequeña bellota que se mantuvo firme. «De todas manetas, estos problemas y estos sufrimientos nuestros son pequeños y no se prolongarán demasiado. Y este breve y momentáneo período de tribulación redundará en abundantes y eternas bendiciones de Dios para nosotros» (2da Corintios 4:17, La Biblia al día). Muchos agarramos las oportunidades, pero las soltamos muy pronto.

Don B. Owens, Jr. lo dijo muy bien: «Muchos fallan en la vida porque creen en algo adagio: “Si no tienes éxito en algo, prueba con otra cosa”. Pero el éxito elude a los que siguen tal consejo. Los sueños realizados son de quienes se aferraron a sus metas. Rechazaron el desaliento. Jamás dejaron que la desilusión venciera. Las dificultades sólo los estimularon a esforzarse más». Le juzgarán por lo que termine, no por lo que comience. Si no ve resultados inmediatos, no se preocupe. Dios no paga semanalmente sino al final.

Todos los grandes logros requieren tiempo y tenacidad. Persevere porque quizás la última llave del llavero sea la que abra la puerta. Luchar por un Segundo más que la competencia le convierte en ganador. Sea famoso por terminar tareas importunes y difíciles.

Si en algún momento se siente tentado a detenerse, piense en Brahms, quien dedicó siete largos añas a componer su famosa canción de cuna porque solía dormirse en el piano… no, estoy jugando, pero sí le llevó siete años. Estoy de acuerdo con Woodrow Wilson cuando dijo: «Prefiero fracasar en una causa que a la larga tendrá éxito, que tener éxito en una causa que a la larga fracasará». El noventa por ciento de los fracasos se debe a personas que se dan por vencidas muy pronto. «No nos cansemos, pues, de hacer el bien; porque si lo hacemos sin desmayar, cosecharemos ricas bendiciones» (Gálatas 6:9, La Biblia al día). Necesitamos el martillo de la persistencia para clavar el clavo del éxito.

Muchos que fracasaron no percibieron lo cerca que estaban del éxito cuando se dieron por vencidos. Harriet Beecher Stowe escribió: «Cuando se vea en un aprieto y todo va en su contra hasta el punto que siente que no puede aguantar ni un minuto más, nunca se dé por vencido porque es en ese preciso momento y lugar que las cosas cambiarán».

Siempre descubrirá la oportunidad al ser persistente en las posibilidades. Al buscar la definición de la palabra éxito, descubrimos que significa «fin o terminación de un negocio». Cualquier diamante le dirá que sólo es un trozo de carbón que se aferró a su trabajo y triunfó bajo presión.

El camino al éxito va cuesta arriba, así que no piense que superará alguna marca. La impaciencia es costosa. Cometerá sus mayores errores por ser impaciente. La mayoría fracasa por la impaciencia. No pueden unir el principio con el final.

«El alma decidida hará más con una llave inglesa oxidada que lo que un vago puede realizar con las herramientas de un taller mecánico», dijo Rupert Hughs. El poder para resistir a pesar de todo, de perseverar, es la cualidad de los ganadores.

viernes, septiembre 14, 2007

Lo que cada uno posee

Una persona perversa resuelve hacer un presente a una persona pobre por su aniversario e irónicamente manda preparar una bandeja llena de basura y desperdicios.

En presencia de todos, manda entregar el presente, que es recibido con alegría por el agasajado.

Gentilmente, el agasajado agradece y pide que lo espere un instante, ya que le gustaría poder retribuir la gentileza.

Tira la basura, lava la bandeja, la cubre de flores, y la devuelve con un papel, donde dice:

"Cada uno dá lo que posee."

Así que, no se entristezca con la actitud de algunas personas; no pierda su serenidad.

La rabia hace mal a la salud, el rencor daña el hígado y la cólera envenena el corazón.

Domine sus reacciones emotivas.

Sea dueño de si mismo.

No arroje leña en el fuego de su aborrecimiento.

No pierda su calma.

Piense antes de hablar y no ceda a su impulsividad.

jueves, septiembre 13, 2007

Belleza en el corazón

Una mujer preguntó a un filósofo: "¿Puede una mujer hacer feliz a un hombre?". "Puede intentarlo", dijo el filósofo, "pero para ello debe tener una serie de cualidades".

"Dígame si las cualidades que yo creo son las que se necesitan y deme una puntuación a
cada una de ellas".

"V eamos"
"Belleza física" "0"
"Simpatía" "0"
"Hermosura" "0"
"Belleza de corazón" "1"

"Pero doctor, la puntuación es 0001, tan baja que con ello y a pesar de esas buenas cualidades, una mujer no va a conseguir hacer feliz a un hombre", dijo la mujer.

"Efectivamente, pero si damos la vuelta a las cualidades y empezamos por la Belleza en el Corazón, obtendremos 1 y si además es guapa, simpática y hermosa, obtendremos una puntuación de 1000; pero fíjese que la belleza, la simpatía y la hermosura no tienen ningún valor si van delante de la Belleza en el Corazón".

- Autor Desconocido

domingo, septiembre 09, 2007

¿Cómo?

No creo que tenga mucho que abundar con respecto al video. Se lo dedico a una persona muy especial que está pasando un trago amargo, pero la verdad siempre sale a luz; gracias a Dios.




¿Cómo se cura una herida?
Que triste es despertar,
y ver la realidad.
Ver que es mentira lo que sentías,
saber que es el final.

Que triste es ver caer
esa pared que ayer,
me resguardaba y no me dejaba ver lo que hacías.

Cómo se cura una herida
cuando perdonar es tan difícil
y cuando olvidar no se consigue
Cómo enfrentarse a la vida,
con el corazón hecho pedazos
cuando la desilusilución te quiebra el mundo
y pegue golpe bajo
Nunca imagine llorar tu engaño.

En medio del dolor
mi fuerza fue mi fe.
Y en mi lamento
buscando aliento
mire hacia el cielo y pregunte...

Como se cura una herida
cuando perdonar es tan difícil
y cuando olvidar no se consigue
Como enfrentarse a la vida,
con el corazón hecho pedazos
cuando la desilusión te quiebra el mundo
y pegue golpe bajo.
Nunca imagine llorar...

Tu engaño me enseño que no hay nada seguro
que sólo se puede contar con Dios.

Cómo se cura una herida
cuando perdonar es tan difícil
y cuando olvidar no se consigue
Cómo enfrentarse a la vida,
con el corazón hecho pedazos
cuando la desilusión te quiebra el mundo
y pegue golpe bajo
Nunca imaginé llorar tu engaño.


viernes, septiembre 07, 2007

Yo hago lo que sea

Autora Lilly García

Es posible que en estos momentos alguien cercano a ti esté sufriendo. Es posible también que en algún momento hayas pensado: “Yo haría lo que sea por evitarle a este ser que amo el dolor”. Si en algún momento estas palabras han cruzado tu mente, pon atención a esta historia de la antigua tradición espiritual de la India.

Cuentan de un hombre joven que padecía una dolorosa enfermedad. Sus padres lo veían consumirse sin poder hacer nada para salvarlo. Dentro de su ignorancia pensaban que aquella enfermedad era un castigo de los dioses por alguna mala acción, y le sugirieron al hombre que realizara algún tipo de sacrificio para aplacar la ira divina. El hombre pidió a sus padres que hicieran el sacrificio por él, y así los padres llegaron hasta el templo donde encendieron una vela y ofrecieron un humilde donativo.

El sacerdote del templo se acercó a la pareja para decirle que la única forma de aplacar la ira de los dioses sería ofreciendo un sacrificio mayor: “Un hombre debe ser matado”, dijo, “sólo entonces su hijo será liberado de la fiebre”. Los padres sabían que la única forma de conseguir un hombre sería comprándolo. Gente pobre y sin recursos al fin, llegaron hasta un prestamista, ofreciéndose ellos mismos como garantía con tal de conseguir el dinero para comprar una víctima. “Si no somos capaces de devolverlo, entonces nosotros nos convertiremos en sus esclavos”, le dijeron al prestamista. Y así consiguieron el dinero, y con ese dinero, compraron un esclavo.

La desesperada pareja llegó hasta el templo cargando con el hombre quién ignoraba completamente lo que sería su destino. El sacerdote preparó el altar para el sacrificio y ordenó a los padres hacer ellos mismos el sacrificio. Y así, aquella pareja asesinó a un hombre inocente sabiendo, además, que jamás podrían pagar al prestamista lo que le habían tomado prestado y que, por lo tanto, que ambos se convertirían en esclavos por el resto de sus vidas. Pero nada les importó con tal de ver a su hijo sano.

Tan pronto concluyó el sacrificio, un ángel se apareció para anunciarles: “Su hijo ha sido aceptado por mí”. Y los padres corrieron a la casa, ansiosos de abrazar a un hijo ya sano. Y cuenta la historia que al llegar se encontraron con la desgarradora realidad de que su hijo acababa de morir. Y así, totalmente desesperanzados, al poco tiempo murieron también ellos.

Y ustedes se preguntarán, ¿qué tiene que ver esta historia con nosotros? Mucho. En estos días en que escuchamos constantemente la frase “hacer justicia”, muchas veces me he preguntado ¿qué justicia? Esta historia, incluida en una de las más importantes enseñanzas ofrecidas por el Buda, nos habla de cómo el apego y el dolor nos pueden cegar hasta tal punto de empujarnos a hacer lo que sea por aliviar nuestras cargas. Y es ese “lo que sea” lo que nos impulsa a la venganza, al “ojo por ojo y diente por diente”, y a no querer ver las consecuencias trágicas que pueden tener nuestras acciones ciegas.

Cuidado con aquellos alrededor tuyo que te están incitando a que hieras a aquellos que te han causado dolor. Cuidado con aquellos que invitan a que robes para darles una mejor vida a tus hijos, a que insultes o humilles a aquel que te humilló, a que mates, física o espiritualmente, a aquel que te ha quitado algo que tú amabas. Cuidado con los malos amigos. La persona que te incita a la venganza, no importa quién sea, no importa cuánto parezca apreciarte, en realidad, te está hundiendo. No dejes que la ignorancia te ciegue, no permitas que la manipulación de otros te desvíe de lo que sabes que es correcto.

Comprendo que hay momentos en la vida en los cuales es casi inevitable encontrarnos arropados por el coraje y el sentido de impotencia. Pero es en ese momento que nos probamos como seres humanos. Ésas son las situaciones que nos llevan a ponernos de pie y a revaluar quiénes somos. Si para estar bien tú o aquellos que amas, tienes que hacer daño a otros o cometer actos que sabes que van en contra de tus valores, yo te pregunto, ¿vale la pena?

Puede ser que te parezca que la vida te está jugando sucio o que eres víctima de alguna injusticia, pero yo te aseguro que la “Justicia Divina” es una ley universal, y que de ella, nadie se escapa. Piensa con el corazón y siente con la cabeza antes de cometer un error del cual te puedas arrepentir el resto de tu vida. El ir en contra de tus valores nunca te dará ni paz ni felicidad, así que cuidado la próxima vez que te venga a la mente la fras, “yo haría cualquier cosa…”


Tomado del Periódico Primera Hora
Columna extraída desde Yo hago lo que sea

domingo, septiembre 02, 2007

Frases...

Espere un poco en lo que descargan las fotos... la paciencia tiene recompenza.
¡Qué lo disfrute!

sábado, septiembre 01, 2007

El otoño de Freddy la hoja

Había pasado la primavera, y también el verano. Freddy, la hoja, había crecido. Su parte central era amplia y fuerte, y sus cinco extensiones eran firmes y puntiagudas.

Se había asomado por primera vez en la primavera; entonces era un pequeño brote de una rama bastante grande, cerca de la cima de un alto árbol.

Freddy estaba rodeado por cientos de hojas iguales a él, o así lo parecían. Pronto descubrió que ninguna hoja era igual a otra, aún cuando estuvieran en el mismo árbol. Alfred era la hoja que estaba a su lado. Ben era la hoja de su derecha y Clara era la hermosa hoja de arriba.

Todas habían crecido juntas. Habían aprendido a bailar en las brisas de la primavera, a calentarse bajo el sol del verano y a lavarse en las lluvias refrescantes. Pero el mejor amigo de Freddy era Daniel. Era la hoja más grande de la rama y daba la impresión de haber estado allí antes que todos los demás. A Freddy le parecía que Daniel era el más sabio.

Fue Daniel el que les contó que eran parte de un árbol, y les explicó que crecían en un parque público. Fue Daniel el que les dijo que el árbol tenía raíces fuertes que estaban ocultas en la tierra, allá abajo. Les habló de los pájaros que iban a posarse en esa rama y cantaban canciones matinales. Les habló del sol, la luna, las estrellas y las estaciones.

A Freddy le gustaba mucho ser una hoja. Le gustaba su rama, le gustaban las leves hojas que eran sus amigos, su lugar cerca del cielo, el viento que lo empujaba de aquí para allá, los rayos del sol que le daban calor, las nubes que los cubrían con grandes sombras blancas.

El verano había sido especialmente agradable. Los grandes días de calor eran placenteros, y las noches cálidas, apacibles y ensoñadoras.

Ese verano hubo mucha gente en el parque. Con frecuencia iban a sentarse bajo el sol de Freddy.

Daniel les dijo que el dar sombra era parte de su finalidad.

-¿Qué es una finalidad?-había preguntado Freddy.
-Una razón para existir- había respondido Daniel.
-Hacer las cosas más agradables para los otros es una razón para existir. Dar sombra a los ancianos que vienen para escapar del calor de sus casas; ofrecer un lugar fresco para que los niños vengan a jugar; abanicar con nuestras hojas a los que vienen a hacer picnic y comen sobre manteles a cuadros. Todas éstas son razones para existir.

A Freddy le gustaba en particular la gente mayor. Se sentaban tranquilos sobre el pasto fresco y casi nunca se movían. Conversaban en susurros de los tiempos idos. Los chicos también eran entretenidos, aunque a veces hacían agujeros en el tronco del árbol o tallaban sus nombres en él. Aún así, era divertido verlos moverse tan rápido y reírse tanto. Pero el verano de Freddy pasó pronto.

Se esfumó en una noche. Freddy nunca había tenido tanto frío. Todas las hojas tiritaban. Estaban cubiertas con una delgada capa de blanco que se derritió rápidamente y las dejó empapadas de rocío, resplandecientes bajo el sol de la mañana.

Otra vez fue Daniel el que les explicó que habían vivido su primera helada, la señal de que ya era otoño y pronto llegaría el invierno.

Casi enseguida, todo el árbol, en realidad todo el parque, se transformó en una llamarada de color. Apenas quedó alguna hoja verde. Alfred se había vuelto de un color amarillo profundo. Ben de un naranja brillante. Clara se había vuelto roja como una llama; Daniel, púrpura profundo, y Freddy estaba rojo y dorado y azul. Qué hermosos estaban todos. Freddy y sus amigos habían convertido el árbol en un arco iris.

-¿Por qué nos ponemos de diferentes colores- preguntó Freddy-, si estamos en el mismo árbol?
-Cada uno de nosotros es diferente del otro. Hemos tenido experiencias diferentes del otro. Hemos mirado al sol, y hemos dado sombra de maneras diferentes. ¿Por qué no habríamos de tener distintos colores?- dijo Daniel, realista. Daniel le dijo a Freddy que esa estación maravillosa se llamaba otoño.

Un día sucedió algo muy extraño.

Las mismas brisas que antes los habían hecho bailar, comenzaron a empujarlos y a tirar de sus tallos, casi como si estuvieran enojadas.

Esto fue la causa de que algunas de las hojas se quebraran y cayeran de sus ramas y fueran levantadas por el viento, sacudidas de un lado a otro, hasta posarse blandamente sobre el suelo.

Todas las hojas se asustaron.

-¿Qué esta sucediendo?- se preguntaban unas a otras en susurros.
-Lo que sucede en el otoño- les dijo Daniel-. Ha llegado el momento de que las hojas cambien de hogar. Algunas personas lo llaman morir.
-¿Todas nosotras moriremos?- preguntó Freddy.
-Sí- respondió Daniel-. "Todo muere, sea grande o pequeño, débil o fuerte. Primero cumplimos nuestra tarea. Sentimos el sol y la luna, el viento y la lluvia. Aprendemos a bailar y a reír. Luego morimos".

-¡Yo no voy a morir!- dijo Freddy con determinación-. ¿Tú vas a morir, Daniel?
-Sí- respondió Daniel-, cuando llegue mi hora.
-¿Cuándo será?- pregunto Freddy.
-Nadie lo sabe con certeza- respondió Daniel.

Freddy observó que las otras hojas continuaban cayendo, y pensó: - "Debe de haber llegado su hora”.

Vio que algunas de las hojas resistían a los golpes del viento antes de caer, y que otras simplemente se dejaban ir y caían mansamente.

Pronto el árbol quedó casi desnudo.

-Tengo miedo de morir- le dijo Freddy a Daniel; No sé qué es lo que hay allá abajo.
-Todos tememos a lo que no conocemos, Freddy. Es natural- lo tranquilizó Daniel-. Sin embargo, no tuviste miedo cuando la primavera se convirtió en verano. No tuviste miedo cuando el verano
se transformó en otoño. Eran cambios naturales. ¿Por qué tendrías que temer a la estación de la muerte?

-¿El árbol también muere?- preguntó Freddy.
-Algún día. Pero hay algo más fuerte que el árbol: la Vida, la vida es eterna, y todos somos parte de ella.
-¿A dónde iremos cuando muramos?
-Nadie lo sabe. ¡Ese es el gran misterio!
-¿Regresaremos en la primavera?
-Nosotros no, pero la vida sí.
-¿Entonces cuál ha sido la razón de todo esto?- siguió
preguntando Freddy-. ¿Por qué estamos aquí? ¿Sólo para caer y morir?

Daniel respondió a su manera objetiva: -¿Por qué? Por el sol y la luna; por los momentos felices que hemos pasado juntos; por la sombra y los ancianos y los niños; por los colores del otoño; por las estaciones. ¿No son razones suficientes?

Esa tarde, en la luz dorada del crepúsculo, Daniel se desprendió de la rama. Cayó sin esfuerzo. Y mientras caía parecía sonreír apaciblemente.

-Hasta pronto, Freddy dijo. Después, Freddy quedó solo. Era la única hoja que permanecía en su rama. La primera nieva cayó a la mañana siguiente. Era blanda, blanca y suave; pero era dolorosamente fría. Casi no hubo sol ese día, que fue muy corto. Freddy notó que perdía el color y se ponía quebradizo. No dejaba de hacer frío, y la nieve pesaba mucho sobre él. Al amanecer llegó el viento que separó a Freddy de su rama. No le abajo.

Al caer, vio el árbol entero por primera vez. ¡Qué fuerte y firme era! Estaba seguro de que viviría mucho tiempo, y el saber que había sido parte de esa vida lo llenó de orgullo.
Freddy fue a parar sobre un montículo de nieve. Era bastante blanda, y hasta cálida. En esta nueva posición, Freddy estaba más cómodo que nunca. Cerró los ojos y se quedó dormido. No sabía que después del invierno llegaría la primavera y la nieve se derretiría y se transformaría en agua. No sabía que su ser aparentemente seco e inútil, se uniría al agua y serviría para que el árbol se hiciera más fuerte. Y, sobre todo, no sabía que allí, dormidos en el árbol y en la tierra, ya había proyectos de nuevas hojas que nacerían en la primavera.