sábado, julio 19, 2008

Profesión + Vocación = ♥

Meses atrás, cuando recogía a los niños del colegio, otra madre a la que conocía bastante bien, se me acercó. Estaba muy indignada. - "¿Sabes lo que tú y yo somos?" me preguntó.

Antes de que yo pudiera darle una respuesta, la cual la verdad no sabía yo cuál era, ella me empezó a contar la razón por la cual me hizo esa pregunta.

Parece que recién venía de renovar su licencia de conducir en la oficina de tránsito .
Cuando la oficial que tomaba los datos, le preguntó cuál era su ocupación, ella no supo qué responder.

Al percatarse de esto, la oficial que tomaba los datos le dijo: - "A lo que me refiero, explicó la oficial, es a si usted trabaja o es simplemente una ...?" -"Claro que tengo un trabajo, le contestó, soy una mamá".

La oficial respondió: - "No ponemos mamá como opción, vamos a ponerle ama de casa.
"Fue la respuesta enfática de la oficial.

Yo había olvidado por completo la historia, hasta que un día me pasó exactamente lo mismo.
La funcionaria era obviamente una mujer de carrera, eficiente, de mucha postura, y tenía un título muy despampanante que decía "Interrogadora Oficial". - "Cuál es su ocupación?" me preguntó ella. -

Le respondí: "Soy una Investigadora Asociada en el campo del Desarrollo Infantil y Relaciones Humanas."

¿Qué me hizo contestarle esto? No lo sé. Las palabras simplemente salieron de mi boca. "La funcionaria se detuvo, el bolígrafo quedó congelado en el aire, y me miró como si no hubiese escuchado bien.

Repetí el título lentamente, haciendo énfasis en las palabras más importantes. Luego, observé asombrada cómo mi pomposo anuncio era escrito en tinta negra en el cuestionario oficial. -

"Me permite preguntarle, dijo la funcionaria, con un aire de interés, ¿qué es exactamente lo que hace usted en este campo de investigación?" Con voz calmada y pausada, contesté: -

"Tengo un programa continuo de investigación (qué madre no lo tiene) en el laboratorio y en el campo (normalmente me hubiera referido a lo anterior como adentro y afuera).
Estoy trabajando para mi maestría (la familia completa) y ya tengo cuatro créditos (todas mis hijas).

Por supuesto que el trabajo es uno de los que mayor demanda tiene en el campo de humanidades (¿alguna madre está en desacuerdo?) y usualmente trabajo 14 horas diarias (en realidad como 24).

Pero el trabajo tiene muchos más retos que cualquier trabajo sencillo, y la remuneración es más que solamente económica, también están ligadas al área de la satisfacción personal".
Se podía sentir una creciente nota de respeto en la voz de la funcionaria, mientras completaba el formulario.

Una vez terminado el proceso, se levantó de la silla y personalmente me acompañó a la puerta. Al llegar a casa, emocionada por mi nueva carrera profesional, salieron a recibirme tres de mis asociadas del laboratorio, de 13, 7, y 3 años de edad.

Arriba yo podía escuchar a nuestro nuevo modelo experimental en el programa de desarrollo infantil (de 6 meses de edad), probando un nuevo programa de patrón en vocalización. ¡Me sentí triunfante! ¡Le había ganado a la burocracia! Había entrado en los registros oficiales como una persona más distinguida e indispensable para la humanidad que sólo:

"una madre más"

La maternidad... carrera más gloriosa. Especialmente cuando no se tiene un título en la puerta.

viernes, julio 18, 2008

¿Cómo empiezan las guerras?

Reflexiones - Cómo empiezan las guerras ?

Un niño preguntó a su papá: -Papá, ¿cómo empiezan las guerras?

El padre, por no decir que no lo sabía, contestó:

-Bueno, pues... verás. Tomemos como ejemplo la Primera Guerra Mundial. Todo empezó porque Alemania invadió Bélgica.

Aquí le interrumpió su esposa:
-Di la verdad. Empezó porque alguien mató a un príncipe.

El padre, con aire de superioridad, gritó:
-Bueno, aquí, ¿quién contesta la pregunta, tú o yo?

La esposa se lo quedó mirando y con aires de reina ofendida, salió dando un portazo que hizo temblar los cristales de toda la casa. Siguió un silencio embarazoso, después de lo cual el padre reanudó el relato. Pero el muchacho le cortó, diciendo:

-No te molestes, papá; ahora ya sé cómo empiezan las guerras.

"Sufriéndoos los unos a los otros, y perdonándoos los unos a los otros si alguno tuviere queja del otro: de la manera que Cristo os perdonó ...".

jueves, julio 17, 2008

Bambú

No hay que ser agricultor para saber que una buena cosecha requiere de buena semilla, buen abono y riego constante. También es obvio que quien cultiva la tierra no se para impaciente frente a la semilla sembrada, halándola con el riesgo de echarla a perder, gritándole con todas sus fuerzas: ¡Crece!

Hay algo muy curioso que sucede con el bambú japonés y que lo transforma en no apto para impacientes: siembras la semilla, la abonas, y te ocupas de regarla constantemente.

Durante los primeros meses no sucede nada apreciable. En realidad no pasa nada con la semilla durante los primeros siete años, a tal punto, que un cultivador inexperto estaría convencido de haber comprado semillas infértiles. Sin embargo, durante el séptimo año, en un período de sólo seis semanas la planta de bambú crece más de 30 metros.

¿Tardó sólo seis semanas en crecer? No, la verdad es que se tomó siete años y seis semanas para desarrollarse. Durante los primeros siete años de aparente inactividad, este bambú estaba generando un complejo sistema de raíces que le permitirían sostener el crecimiento que iba a tener después de siete años.

Sin embargo, en la vida cotidiana, muchas veces queremos encontrar soluciones rápidas, triunfos apresurados, sin entender que el éxito es simplemente resultado del crecimiento interno, y que éste requiere tiempo. Quizás por la misma impaciencia, muchos de aquellos que aspiran a resultados en corto plazo, abandonan súbitamente justo cuando ya estaban a punto de conquistar la meta.
Es tarea difícil convencer al impaciente que sólo llegan al éxito aquellos que luchan en forma perseverante, coherente y saben esperar el momento adecuado.

De igual manera es necesario entender que en muchas ocasiones estaremos frente a situaciones en las que creemos que nada está sucediendo. Y esto puede ser extremadamente frustrante. En esos momentos , que todos tenemos, recordar el ciclo de maduración del bambú japonés, y aceptar que en tanto no bajemos los brazos, ni abandonemos por no “ver” el resultado que esperamos, sí está sucediendo algo dentro nuestro: estamos creciendo, madurando.

Quienes no se dan por vencidos, van gradual e imperceptiblemente creando los hábitos y el temple que les permitirá sostener el éxito cuando éste al fin se materialice. El triunfo no es más que un proceso que lleva tiempo y dedicación.
Un proceso que exige aprender nuevos hábitos y nos obliga a descartar otros. Un proceso que exige cambios, acción y formidables dotes de paciencia.

Tiempo… ¡Cómo nos cuestan las esperas! ¡Qué poco ejercitamos la paciencia en este mundo agitado en el que vivimos! Apuramos a nuestros hijos en su crecimiento, apuramos al chofer del taxi, nosotros mismos hacemos las cosas apurados, no se sabe bien por qué. Perdemos la fe cuando los resultados no se dan en el plazo que esperábamos, abandonamos nuestros sueños, nos generamos patologías que provienen de la ansiedad, del estrés.
¿Para qué? Te propongo tratar de recuperar la perseverancia, la espera, la aceptación. Gobernar aquella toxina llamada impaciencia, la misma que nos envenena el alma. Si no consigues lo que anhelas, no desesperes. Quizás sólo estés echando raíces…

Lucas 8:15 “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y llevan fruto en paciencia”

Lucas 21:19 “En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas”

Romanos 5:3 “Y no sólo esto, mas aún nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia”

Hebreos 6:12 “Que no os hagáis perezosos, mas imitadores de aquellos que por la fe y la paciencia heredan las promesas”

sábado, julio 12, 2008

Apego o Despego

La sortija de la high
Mi caja de herramientas
martes, 24 de junio de 2008
Autora: Lily García

El año pasado mi sobrina, que en aquel momento cursaba su tercer año de escuela superior en la Academia del Perpetuo Socorro, me llamó para decirme que posiblemente no iba a poder comprar la sortija de la escuela por lo cara que estaba. No quería que sus papás hicieran ese gasto. Yo tomé una respiración profunda, y en un acto espontáneo de desapego, le ofrecí la mía. “El diseño no ha cambiado en treinta años”, le dije. “Y en mi gaveta no está haciendo mucho, así que me encantaría que la tuvieras”. Yo pensé que me iba a decir que no, pero por el contrario, se puso bien contenta y al día siguiente vino a buscarla. Quedamos en que su papá, mi hermano, quien es joyero de profesión, le borraría mi nombre, el cual estaba grabado dentro de la sortija, y lo sustituiría por el de ella.

Tiana no se quitó esa sortija desde el día en que se la puso hace más de un año. Por eso no me extrañó que no se la quitara esta semana pasada cuando nos fuimos para el apartamento de playa en Rincón. Era uno de esos días de calor intenso y ella, mi esposo Tom, sus dos sobrinas que nos visitan de Estados Unidos y yo, nos zumbamos de cabeza en la playa tan pronto llegamos. No habían pasado cinco minutos cuando noté que a Tiana se le fue el color y como que perdió el habla. “Se me cayó la sortija”, me dijo con la voz entrecortada y una mirada congelada por el pánico.

Rápidamente busqué unas cuantas caretas de snorkeling en el apartamento y empezamos, como locos, a tratar de buscar algún destello de brillo en el fondo del mar. Pero qué va, la marea estaba revuelta y no nos veíamos ni las manos. Así que a fin de cuentas desistimos de la idea de encontrarla y lo único que se me ocurrió decir fue la tan trillada frase de “hay que dejarla ir, que si es tuya, va a volver a ti”. Digo, no puedo negar que también se me zafó la pullita del “parece mentira que yo la conservé durante treinta años y a ti te tomó menos de un año perderla”. No es que estuviera molesta con ella, pero no les puedo negar que me invadió un cierto sentido de pérdida. Después, meditando sobre el asunto, pensé que tal vez era un símbolo para ambas. Ella se acaba de graduar de cuarto año y ahora comenzará una nueva y maravillosa etapa de su vida. Y yo, aunque me cueste admitirlo, tal vez tengo que soltar ciertos apegos relacionados con aquellos años que recuerdo como algunos de los mejores de mi vida. Fue como una especie de adiós a las energías viejas.

Dos días más tarde continuábamos siento prácticamente los únicos en el condominio y en la playa. No se había vuelto a hablar del asunto. Esa mañana escuché voces en el apartamento de arriba y recuerdo haberle mencionado a mi esposo: “Llegaron vecinos. Es la muchacha puertorriqueña que vive en Suecia y viene dos veces al año con su familia”. Al ratito vi a los hijos de ella bajar a la playa y meterse en el mar. No había pasado media hora cuando sonó el intercom del apartamento. “Lily, soy tu vecina de arriba”, me dijo. “Sí, saludos, qué bueno que están aquí…”, le contesté. Y ella continuó: “Oye, ¿por casualidad a ti se te perdió una sortija en el mar?”. Esta vez fue mi sobrina la que le contestó con un “¡sí!” que se es-cuchó hasta en Desecheo. “Pues mi hija la encontró….”. Yo no la dejé ni terminar. “Quédate ahí que voy bajando…”.

Mi sobrina y yo corrimos como dos locas, y allí en el lobby estaba Piluca con nuestra sortija en la mano. Su hija la había encontrado mientras hacía snorkeling con sus hermanitos, prácticamente en el mismo lugar donde mi sobrina la había perdido. Y como mi nombre todavía aparecía grabado en la sortija, la madre supo dónde llamar. El encuentro de la sortija fue el resultado de una cadena de coincidencias. El hecho de que todavía estuviera en el mismo sitio. El hecho de que ellos llegaran en ese momento de vacaciones a Puerto Rico. El hecho de que la encontrara la hija de alguien que me conocía y no unos turistas extranjeros que no supieran quién era Lily García. Ni a mí ni a Tiana se nos olvidará jamás el milagro de la sortija que volvió a nosotras porque en realidad era nuestra. Esta hermosa experiencia me recordó algo que se me había olvidado: que cuando las cosas tienen que ocurrir, ocurren, y uno no es quién para cuestionar el Universo. Así que la próxima vez que se te pierda algo en la vida, déjalo ir y continúa tu camino, que lo que está para ti, llegará a ti.

jueves, julio 03, 2008