jueves, septiembre 20, 2007

El coleccionista de insultos

Cerca de Tokio vivía un viejo gran Samuray, muy sabio y maestro de budismo, con fama de ser invencible en peleas.

Cierto día un gran guerrero lo retó a un duelo. Este nunca había perdido una batalla tampoco, por eso todos lo conocían como altivo, altanero, prepotente, fanfarrón y además también se creía ser el dueño de todas las verdades.

Este joven guerrero era famoso por su falta de escrúpulos, tosquedad, egolatría y por usar la técnica de la provocación: esperaba que el adversario hiciera su primer movimiento y gracias a su inteligencia especialmente dedicada para captar los errores ajenos, se valía de estos para atacar implacablemente hasta ver a su víctima arrastrada y humillada pidiéndole perdón.

El samuray aceptó el duelo. Fueron todos a la plaza donde el joven empezó a provocar al sabio.

Le arrojó piedras, le escupió la cara y le gritó todos los insultos conocidos habidos y por haber, ofendiendo incluso a los ancestros del sabio.

Durante varias horas hizo todo lo posible para sacarlo de sus casillas, pero el sabio permaneció impasible.
Al final de la tarde el joven guerrero ya exhausto de no poder provocarlo, se retiró de la plaza arrastrándose del cansancio, con una gran impotencia.

Se sentía más débil y miserable que nunca, había desperdiciado toda su energía vital en su inútil intento de humillar al sabio.

Los alumnos del sabio samuray, decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, le preguntaron:

-¿Cómo ha podido soportar tanta indignación?
-¿Porqué no usó su espada para defenderse de los ataques?
- ¿Por qué se mostró como un cobarde ante nosotros?

El viejo samuray repuso:
-Si alguien viene a ti con un regalo y no lo aceptas, ¿A quién pertenece el regalo?

-Por supuesto, a quien intentó regalarlo- respondieron sus discípulos.

-Pues lo mismo vale para los insultos, las ofensas, la falta de tacto y de respeto, así como con los comentarios injustos. Cuando no son aceptados, esos malos sentimientos continúan perteneciendo a quien los emite.

Toda esa energía vital empleada con la intención de ofender o dañar, se queda depositada en el agresor, actuando en ella en la misma forma que actúa el veneno que se toma la persona que quiere poner fin a su vida.

Sin darse cuenta se está matando a sí misma, ha desperdiciado su energía en su inútil intento ofensivo que se le revierte. Si no se muere con su propio veneno, por lo emnos se le afectará su salud, sobre todo su paz y su mente.

Ninguna persona que pretenda agredirnos nos hará sentir mal, si no se lo permitimos. Es cada persona quien decide como sentirse ante lo que ve o escucha.


Paulo Coelho